EL TIEMPO, ESE ENEMIGO
(LOS RELOJES BLANDOS. LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA. 1.931. SALVADOR DALÍ)
Érase una vez un relojero que curiosamente no nació en Suiza. Sin embargo, sus relojes rozaban la perfección. Hizo de su oficio un arte y de la exactitud su norma. A tal punto llegó su prestigio que, muy pronto, su taller artesano se quedó pequeño.
Eran tantos los encargos procedentes de todo el país que, durante algún tiempo, barajó la posibilidad de adquirir un local más amplio en el que dar trabajo a nuevo personal especializado. Pero su amor a las cosas bien hechas le empujó a continuar ejerciendo su vocación en las mismas condiciones, aún sabiendo que esta circunstancia le ocasionaría algún que otro problema.
Nadie como él conocía los entresijos de la maquinarias más sofisticadas. Su fama llegó a propagarse por todo el mundo hasta el punto de que los expertos del meridiano de Greenwich decidieron regirse por su horario personal, tras comprobar que sus cálculos estaban desfasados en dos milésimas de segundo.
Sin embargo, un día cualquiera, el relojero comenzó a percibir que sus ventas descendían de forma alarmante. Los clientes dejaron de acudir a su establecimiento y apenas nadie le saludaba por la calle. Abatido por una terrible tristeza, cayó en la desesperación e incluso pensó en quitarse la vida.
Una noche, cuando se disponía a destripar un viejo carrillón, un anciano llamó a la puerta de su taller.
--Quiero que me arregles este reloj de bolsillo, solicitó dulcemente mientras depositaba sobre el mostrador una auténtica belleza francesa de plata labrada--.
--Quizá sería mejor que lo llevara a una de esas tiendas modernas que sirven a las grandes marcas, repuso el artesano. Creo que muy pronto abandonaré este negocio y me marcharé de la ciudad--.
-- El visitante sonrió sin dejar de mostrar una mueca piadosa. Sé lo que te ocurre y por lo que estás pasando, hijo mío, pero en esta vida todo tiene solución salvo la muerte--.
--Es usted muy amable. Pero no se preocupe. En su caso haré una excepción. Lo dejaré como nuevo y no le cobraré absolutamente nada. Este reloj es una joya y merece ser reparado con mimo y cariño. Quien sabe, quizá sea mi última obra...--.
El viejo le observó con ojos de padre.
--Escucha bien lo que voy a decir. Tú no tienes la culpa de lo que sucede. El único problema es que la gente odia la puntualidad y por eso prefieren disponer de relojes que adelanten o atrasen a su conveniencia. De ese modo consiguen "burlar" el paso implacable de la vida. Tus relojes son tan puntuales que obligan a las personas a afrontar sus miedos y sus compromisos sin excusas, en el momento justo, ¿comprendes?. Y nuestra existencia también se compone de errores calculados, de citas dolorosas a las que no queremos acudir y de encuentros no deseados que preferimos no consumar. Un buen reloj es aquel que nos hace perder el tren que no debimos tomar jamás --.
--¿Entonces...?--.
--Yo ya tengo muchos años. Sé que moriré pronto y por eso me aferro a la exactitud que me permite vislumbrar, de forma clara, el tiempo real que me queda por disfrutar en este mundo. No quiero perder un sólo segundo. Por eso acudo a tí. Porque sé que serás el mejor administrador de los actos que debo llevar a efecto sin dilación--.
Cuando el anciano abandonó el taller, el relojero cerró la tienda y se dispuso a manipular todos y cada uno de los relojes, de forma que adelantaran o atrasaran a capricho. Estaba convencido de que ahora, por fin, su negocio volvería a ser floreciente.


















Fernando dijo
TIEMPO
En tiempo
emociones reinvento
aparece en cada gesto
recordando mi cielo abierto.
Buena tarde
3 Marzo 2008 | 07:00 PM