
Nunca he estado aquí. Pero a medida que recorro el amplio pasillo del Café Bourdeaux no puedo abstraerme a la angustiosa sensación de que conozco todas y cada una de sus estancias. Desde las mesas abarrotadas, docenas de miradas anónimas me sonríen y saludan con aire rutinario.
--¿Lo de siempre?.
El camarero me sirve una ginebra seca.
--Está bien...gracias...
--Aldo, señor. Soy Aldo...He añadido a la copa un ligero golpe de limón, como a usted le gusta..
Algo no funciona. Intuyo que quizá el barman haya trabajado en otros locales y por eso me recuerda. Estas cosas ocurren en una capital provinciana.
El mozo me guiña un ojo con picardía.
--La Señorita le espera, señor...
Está claro que me confunde con otro cliente. Decido ir a los servicios. Curiosamente, sé dónde se encuentran. Antes de llegar me doy de bruces con un reservado. De pronto pienso que "ella" está ahí, aguardando. Una corriente eléctrica me sacude la columna vertebral.
"Ella". ¿Y quién es "ella"?. Creo que me estoy volviendo loco. Siento que ya he vivido este instante. Por alguna razón que no acierto a comprender adivino que "ella" es la mujer de mi vida.
Frente al espejo del aseo observo mi rostro empapado en agua. Una rosa azul, eso es. "Ella" acudirá a la cita con una rosa azul, estoy seguro...Pero es inútil...no consigo acordarme de sus facciones, ni de su risa...
Vuelvo apresuradamente sobre mis pasos, me tiemblan las piernas. Allí estoy. A punto de descorrer una cortina de terciopelo rojo tras la que se encuentra la mujer soñada que jamás vi.
Reúno todo el valor posible y cuando al fin accedo al interior descubro con tristeza que la estancia está vacía. Sobre la mesa yace una rosa azul, abandonada a su suerte. Flota en el aire un aroma inquietante de mandarinas frescas.
--La Señorita se marchó hace cinco minutos, Señor. Dijo que usted lo entendería.
Aldo es un profesional diligente, de eso no hay ninguna duda.
--¿Dejó algún mensaje para mí?.
--Añadió que usted sabrá cómo y dónde encontrarla.
Fuera hace frío. Alzo los cuellos de mi gabán y camino calle abajo, sin rumbo definido. De mi solapa prende la flor que tocaron sus manos. Quizá mañana sea el día.
